María Cecilia Hidalgo recuerda que tenía tres años cuando instaló lo que hoy podría interpretar como su primer laboratorio. Bastaron una pequeña mesa, una silla y una mente inundada de curiosidad para ponerlo en marcha en el patio trasero de la casa que, hasta hoy, alberga sus recuerdos más preciados de infancia.
Eran los inicios de la década de los 40 y todo partió como un juego. Sin embargo, lo que pasaba en esa terraza ubicada en la intersección de las avenidas Sucre y Antonio Varas, fueron los primeros destellos de una mujer imparable.
“Mezclaba cosas: polvo de talco, agua de colonia, molía unas hojas. Hacía experimentos desde muy chica, antes de que supiera leer “, recuerda con un dejo de ternura la ganadora del Premio Nacional de Ciencias Naturales de 2006. Era un pasatiempo inocente, pero dice que desde entonces llevó consigo la inquietud de convertirse en científica. Lo que no imaginaba era que marcaría la historia de Chile y de muchas niñas como la que fue entonces.
Desde uno de los salones de la Academia Chilena de Ciencias, se aventura a sumergirse en las memorias de su intimidad y trayectoria profesional. Alguna vez entre los muebles atestados de libros de todos los saberes de la ciencia, las mujeres no tuvieron cabida. Pero eso cambió hace menos de una década, cuando la astrónoma María Teresa Ruiz allanó el camino a su género. Ruiz presidió de manera inédita la instancia. Al periodo siguiente, fue el turno de Hidalgo.
A sus 82 años sigue conservando esa ferviente pasión por la ciencia y desempeñándose en el campo. El recorrido de su vida hoy le permite opinar con propiedad que no fue ni es un camino fácil dedicarse a dicha área siendo mujer. Por eso, se ha encargado de trabajar en pos de las nuevas generaciones y mantener abierta una de las puertas que destrabó siendo muy joven.
“Estudié en muchos colegios y eso fue bien importante en mi desarrollo como persona, porque tuve que aprender a encajar siempre como la niña nueva”, rememora la Dra. Hidalgo. Esa infancia agitada por diversas circunstancias, sin embargo, no afectó en lo más mínimo el destacado rendimiento académico que la caracterizó hasta la universidad.
Su padre, Fernando Hidalgo, presumía de ello siempre. Pese a ser machista como “los viejos de su generación” y no haberle querido enseñar a conducir al cumplir 18 años como a sus hermanos menores, confiesa que la apoyó sin condiciones en su formación.
Él también era científico, fue ingeniero civil hidráulico en el Ministerio de Obras Públicas durante el gobierno de Juan Antonio Ríos. Le tocó el desafío de potabilizar el agua en Antofagasta, ciudad que fue el hogar de María Cecilia Hidalgo y sus otros tres hermanos hasta regresar a la capital.
Por eso a su madre no le extrañó más tarde cuando eligió la carrera de bioquímica, en cierto modo, sabía de quién lo había heredado. Pero no fue fácil la elección que tomó cuando cursaba sexto año de humanidades en el Liceo N°5 de Niñas de calle Portugal, en Santiago.
“Me gustaba la matemática, la física, la química, la biología. Me encantaban los cuatro, entonces, no sabía qué estudiar. Y justo llega a mis manos un folleto de la nueva carrera creada de bioquímica”, relata Hidalgo con el entusiasmo que sintió en ese instante. Había caído en cuenta de que podía hacer todo lo que le gustaba gracias a esa nueva oferta de estudios.
“Y dije: ‘eso es lo que yo voy a estudiar’. Así que entré a bioquímica”, sentenció entonces la egresada y actual académica de la Universidad de Chile. “Y con eso me transformé en la tercera generación de bioquímicos, porque todavía no se había recibido nadie. Cuando yo entré el año ‘59, la carrera se había creado el ‘57″, precisa.
Aunque se siente afortunada de ser parte de una generación pionera e integrada por destacados profesionales, confiesa que el ambiente era rudo en lo académico. Aunque al analizar la época en retrospectiva, le llama particularmente la atención la ausencia femenina.
“En mi curso éramos cuatro mujeres, había pocas en general. No creo haber tenido un profesor titular que fuera mujer en la carrera“, cuenta al repasar los profesores de los ramos que cursó. Desde física a química a través de los años, todos eran hombres. Resalta que las únicas mujeres que integraban el cuerpo docente, eran ayudantes. De todos modos, eso no le restó ni motivación ni potencial.
Dice que todas las niñas científicas tienen un deslumbramiento por Marie Curie, ganadora de los Premios Nobel de Física y Química. Pero María Cecilia fue encontrando en el camino a nuevas referentes, una de ellas era la Dra. Mitzy Canessa. La química farmacéutica acababa de llegar de especializarse en función renal en los Estados Unidos cuando Hidalgo estaba por finalizar la carrera.
“Era una mujer muy notable. Tuve la suerte de hacer la tesis con ella. Me mostró una mujer súper independiente en su juicio, valiente. Estaba casada con otro científico, tenía tres niños. Me mostró que se podía tener una familia y al mismo tiempo ser científica, fue una influencia importante”, revela. Compartir con la Dra. Canessa amplió su visión del mundo, le permitió volcar esa anticuada narrativa y vivir realmente su vida personal con la familia que formó.
Y es que en esos tiempos las mujeres eran relegadas casi exclusivamente a las labores domésticas y de cuidado, según cuenta la académica. Así, quienes eran la excepción de la regla, conformaban una minoría que a veces era marginada.
“A principios de la década del 60, las mujeres en la ciencia en Chile eran contadas con los dedos de la mano. En general eran mujeres que eran parte de un grupo que estaba trabajando, o sea, muy poca autonomía de las mujeres como líderes”, analiza Hidalgo.
Así es como decide recibirse en 1965 como bioquímica y emprender una travesía más profunda en el campo y que aún no termina.
María Cecilia se enamoró de la biofísica en el cuarto año de la carrera. El conocimiento que le traspasó el propio fundador de la Facultad de Ciencias, Dr. Mario Luxoro, para estudiar los sistemas biológicos de múltiples maneras, la hizo alucinar. Pero él también se impresionó con quien fue una de sus alumnas más brillantes.
Luxoro la invitó a apostar por el doctorado en ciencias que recién habían creado y unirse a su equipo investigador en el laboratorio de Montemar, en Valparaíso. “Fue una decisión inusual” concluye Hidalgo, quien se sumó para estudiar la transmisión de impulsos eléctricos de la jibia chilena, una bondad única del Océano Pacífico.
Tiempo después, los hallazgos que realizaron les valieron un reconocimiento internacional y Montemar se convirtió en un centro de investigación de talla mundial. Paralelamente, le habían encomendado reforzar sus conocimientos en física y matemáticas en la Universidad de Chile. Esa vez su experiencia fue diferente, pero no menos distinguida.
“Imagínate, yo tenía 24 años más o menos y mis compañeros 17 – 18. Eran puros hombres. Y ahí llego yo, ya me había casado. Pero esta mujer mayor que los otros, bioquímica, se sacaba mejores notas que los cabros que venían recién entrando, que eran lumbreritas en física y matemáticas”, exclama de manera cómica al acordarse que, por esa razón, el director del programa le recomendó cambiarse al doctorado en matemáticas. Sin embargo, se mantuvo firme en su decisión.
Siguió especializándose en ciencias exactas. En el intertanto dio a luz a su primer hijo, Claudio. Con esfuerzo y dedicación, sacó adelante su último año de posgrado en 1969, mientras seguía aprendiendo a cómo compatibilizar su desarrollo personal y familiar. “Di mi examen de doctorado con mi guatita así”, describe posando las manos sobre su abdomen, para mostrar lo abultado que estaba su vientre por el avanzado embarazo de su segundo hijo.
Ese año María Cecilia Hidalgo marcó el primer paso para las científicas abocadas a las ciencias naturales.
“Yo no soy solo la primera mujer, sino que la primera doctora”, enfatiza Hidalgo.
Y es que con unas horas de diferencia, casi como si se tratara de un proyecto familiar; se graduó más tarde su marido y compañero de carrera, el Dr. Ramón Latorre. Convirtiéndose ambos en los primeros doctores en ciencias de la universidad más antigua del país.
Gracias a su paso en el centro investigativo de Montemar, María Cecilia dice que tuvo la fortuna de codearse con los científicos más connotados del mundo. Todos llegaban impresionados por todo lo que permitía estudiar la jibia chilena al tener axones neuronales tan grandes y aislados, una suerte de cable por el que se comunican las neuronas. Durante el doctorado, estuvo indagando el rol del calcio en el proceso pero su curiosidad era insaciable.
“Yo quiero meterme más adentro, quiero estudiar biología molecular”, fue lo que pensó. Necesitaba conocer ese nuevo universo microscópico y lo hizo en su posdoctorado en el National Institutes of Health, en Maryland. Emigrar en familia a Estados Unidos fue una odisea. “Vivíamos a cuatro cuadras del laboratorio y yo me arrancaba a dar papas y volvía al laboratorio corriendo, corriendo todo el tiempo”, admite a la vez en que intenta figurar cómo es que lo logró. No contaba con ayuda doméstica.
Esa experiencia le abrió los ojos sobre la brecha de género y también algo que ella denomina como “discriminación por niveles de energía”. Asegura que a veces la falta de energía vital de las mujeres debido a la carga por labores de cuidado y el trabajo, las margina aunque tengan el mismo talento que personas más activas.
Pese al éxito profesional que obtuvo en norteamérica, el retorno le cayó como un balde de agua fría. “Fue horrible. Llegamos a Chile con los dos chiquititos en abril del ‘72 y este país era un caos, porque había una ofensiva tremenda contra el gobierno de [Salvador] Allende”, asegura la científica. Confiesa que la polarización política en el país no sólo quebró la paz social, sino también su matrimonio y amenazó su carrera profesional.
“Yo me metí de lleno a trabajar con la gente, era upelienta total”, asevera Hidalgo, quien por ese tiempo rondaba los 30 años. Mientras se remonta a los meses previos al Golpe de Estado encabezado por General Augusto Pinochet, se le viene a la mente una de las varias asambleas de los simpatizantes de la Unidad Popular a las que asistió y que determinó su futuro en Chile.
Ese año se desató un paro del gremio de los camioneros que revolucionó a todo el país. No había transporte y los trabajadores de los hospitales no tenían cómo llegar a cumplir sus funciones. En medio del debate de la asamblea, la Dra. Hidalgo alzó la voz. “Yo tengo un auto, puedo llevar gente. Pero tengo un problema, está lleno de miguelitos y no soy capaz de cambiar las ruedas si se me pinchan”, planteó en la sala.
Desde otro extremo, se oyó a un joven que se ofreció a acompañar a María Cecilia Hidalgo. Era Tulio Núñez, otro bioquímico de su facultad y con quien contrajo matrimonio tiempo después.
“Ellos no militaban en ningún partido, fue como un activismo social. Pero llegó el golpe y todo se fue patas para arriba, la vida se precipitó. Tuvieron que salir, le cerraron los puestos de la universidad y se les armaron estas posibilidades fuera”, relata Lucía Núñez, hija de María Cecilia y Tulio. Por esos años Hidalgo se desempeñaba como profesora asistente de biofísica en la Universidad de Chile, lo que acabó una vez que derrocaron al ex presidente Allende.
“Yo creo que en la dictadura he pasado una de las humillaciones más grandes de mi vida. Nombraron a un fiscal que vino con la secretaria del decano… Me senté al frente y me dijo: ‘la vamos a interrogar’. Estaba furiosa, ¿¡Quién les había dado la facultad de venir a preguntarme cosas!? Tuve que contestar”, cuenta horrorizada, pues sabía que tenía relación con su postura política en medio de una facultad afín al régimen.
“Después de eso con mi marido dijimos: ‘no podemos seguir tratando de hacer ciencia aquí, este país está tóxico’”, concluyeron antes de intentar retomar sus vidas y conseguir otro posdoctorado en Estados Unidos. Sin embargo, para regresar a casa debió transcurrir una década.
“La ciencia en Chile se fue abajo (durante la dictadura), así en picada“, recalcó Hidalgo, quien a fines del 83 decidió afrontar el inhóspito terreno para hacer ciencia junto a otros exiliados que regresaban al país.
“Empezamos a conversar con los políticos y llegó finalmente la democracia. Convencimos al presidente Frei de que generara la Comisión Asesora Presidencial en Materia Científica. Hicimos un montón de cosas, me siento súper orgullosa por cómo impulsamos el desarrollo y el despertar de la ciencia en Chile”, comenta tras integrar desde 1995 al 2001 el círculo que orientaba a la presidencia en políticas de desarrollo en dicho campo.
Años más tarde y cuando la transición hacia la democracia se terminó de consolidar, llegó su mayor recompensa. En 2006 se convirtió en la primera mujer en ser galardonada con el Premio Nacional de Ciencias. Un hito que coincidió con la germinación del empoderamiento femenino marcado por la elección de la primera presidenta de Chile, Michelle Bachelet.
De las manos de la ministra de Educación del primer gobierno liderado por una mujer, la experta en biofísica recibió el premio por su contribución académica y estudios sobre el rol del calcio en los mecanismos moleculares de neuronas y los músculos esquelético y cardíaco.
“Fue muy emocionante. Lo dije desde el primer día: no es un premio individual, es un premio al trabajo de mucha gente que junto conmigo hemos generado conocimiento en áreas bien importantes de la ciencia y del quehacer humano”, se sincera aún conservando la emotividad que la remeció.
“Ver los trabajos de Cecilia fue bastante impactante porque tenía una cantidad importante y con mucha difusión internacional”, resalta el ex representante del Consejo de Rectores de las universidades nacionales, Jaime Pozo. El entonces rector de la Universidad de La Serena integró el jurado que premió a la doctora en ciencias, quien a esa fecha ostentaba más de 70 publicaciones científicas en revistas que circulaban en todo el mundo.
“Me alegré mucho de saber que era la primera mujer en tener esa distinción. Creo que es relevante para la historia del desarrollo de las ciencias naturales porque dentro de todas las disciplinas, ocupa un lugar muy pequeño todavía. Ella se lo ganó con su dedicación a la ciencia y eso no es muy destacable”, concluye Pozo.
Definir quién ganaría el premio no fue una tarea sencilla, aunque nunca dudaron que el trabajo de la Dra. Hidalgo era excepcional. Bien lo recuerda el presidente de la Academia Chilena de Ciencias de ese momento, Servet Martínez, e integrante del mismo jurado. Y es que el espectro de esa rama es muy amplio, y las otras cartas de científicos eran muy competitivas como para llevarse el galardón.
Si bien los candidatos que tenía visto el jurado andaban a la par en relevancia académica, era innegable la especial relevancia del factor de la brecha de género que generaba la sociedad. “Uno puede considerar a lo mejor que las barreras que debió romper María Cecilia fueron más fuertes y eso potencia aún más la obra“, destaca Martínez.
El antecesor de María Cecilia en la Academia, estima que su logro puede que haya motivado a más de una estudiante a seguir el rumbo científico. Pero hay un punto en que tiene certeza absoluta. “Los premios a mujeres contribuyen en potenciar la incorporación de la mujer en las mismas condiciones en la sociedad”, sostiene el matemático, no le cabe duda en que es un punto clave para alcanzar el desarrollo.
Y de eso no estaba lejos la Dra. Hidalgo, sin esperarlo se convirtió en una fuente de inspiración. “Saber que iba a ser mi tutora era una gran responsabilidad. Sentía bastante temor de no defraudarla, para mí era un gran orgullo ser una de sus estudiantes porque ella va a quedar en la historia de la ciencia en Chile”, declara una de sus antiguas tesistas en el doctorado de ciencias biomédicas en la Casa de Bello, Alejandra Espinosa.
Hoy Espinosa está desde la otra vereda, también integra el cuerpo docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. De tanto en tanto, en los pasillos que recorría siendo alumna incluso antes de finalizar el posgrado en 2008, se encuentra a la profesora Hidalgo. Realza que la cercanía con los estudiantes y su dedicación al trabajo son algunas de las características que más la marcaron en aquella etapa de su carrera, donde la presión puede ser agobiante.
“Sigue generando resultados, sigue en su laboratorio a cargo de todo. No se cansa, eso es realmente admirable. Es una persona que siempre fue apasionada por la ciencia”, describe la académica del Departamento de Tecnología Médica. Aunque asegura que, por sobre todo, estaba su deseo honesto de impulsar a las mujeres en un área que tiende a ser hostil con el género.
Son cerca de las 11 de la mañana. La luz natural que entra por una de las ventanas de los salones de la Academia Chilena de Ciencias es tenue, pero ilumina perfecto el rostro sereno de María Cecilia Hidalgo. Pero su semblante parece pasmado al retornar a los recuerdos de la insólita realidad con la que se sigue dando de frente:
—¿Cree que existe una brecha de género en la ciencia?
—Obvio, una tremenda brecha ¿y sabes qué es lo peor?, es que responde a un prejuicio super acendrado en nuestra sociedad, de que las mujeres tenemos menos talento que los hombres. Y eso lo encuentro fatal— responde de forma categórica Hidalgo.
Reconoce que es un debate en el que se inmiscuyó de manera activa tras ganar el Premio Nacional. A partir de allí, solían consultarle constantemente sobre la posición de las mujeres en la ciencia. “Me hizo tomar conciencia porque yo estaba tan metida así como en un túnel, que no lo veía. Pero empecé a mirar y a notar lo que había, que era horrible”, sentencia.
A partir de su despertar, comenzó no sólo un cuestionamiento interno, sino también a tomar acciones en las conferencias de las que formaba parte en Chile y el extranjero. Dice que siempre le gusta traer a la palestra en esas conversaciones un artículo que leyó hace un par de años en el periódico.
“Fíjate que, en el año 2015, El País publicó una encuesta que hizo la Fundación UNESCO L’Oréal en distintos países europeos. Le preguntaban a la gente si creían que las mujeres tenían la capacidad de llegar a ser científicas líderes y el 70% contestó que no. En el año 2015, en Europa. Que las mujeres eran demasiado emotivas, que no eran racionales, que no tenían capacidad de juicio lógico”, plantea con un tono de espanto.
Aunque en cierto modo, siempre tuvo interiorizada la discriminación por género. Su hija Lucía lo sabe mejor que nadie. “Mi mamá reforzó en mí el nunca achicarme frente a un hombre por ser hombre, el ser una mujer empoderada. Y nunca sentir que mis capacidades cognitivas eran menores por ser mujer”, relata desde sus memorias de infancia.
Para María Cecilia Hidalgo era vital dejarle esas enseñanzas y lo hacía también a través de situaciones cotidianas. La ayudaba cuanto podía para superarse en matemáticas en el colegio, un conocimiento que se asocia casi siempre a los niños. Por eso se enorgulleció enormemente cuando la seleccionaron para las olimpiadas escolares de esa materia. “Eso te muestra como el hogar puede también contrarrestar los prejuicios sociales“, afirmaba Hidalgo.
“Confiaba mucho en la inteligencia de las mujeres, siempre ha estado respaldándolas. Le pedías una carta de recomendación para postular algún concurso de investigación y ella estaba ahí dándote unas cartas hermosas y larguísimas. Se tomaba su tiempo para eso”, recuerda con afecto su alumna de doctorado, Alejandra Espinosa.
Y aunque el panorama en Chile es más alentador que en el pasado, las autoridades confluyen en que queda un trecho por avanzar y que es una misión que se debe abordar como una política de Estado. La subsecretaria de Ciencia, Carolina Gainza, analiza que la situación se complejiza cuanto más altos son los niveles de estudios a los que buscan acceder las mujeres.
“Hay un sistema que las empieza a expulsar. Por ejemplo, en doctorado coincide con que empiezan a tener hijos, entonces eso afecta mucho más la carrera de las mujeres”, comenta la subsecretaria en relación a la carga de cuidado que se atribuye por género. Sumado a eso, también se tienden a encontrar con grandes diferencias salariales que terminan por marginarlas.
“Un diagnóstico que tenemos todas las autoridades e instituciones es que no es una transformación que va a ocurrir sola de manera natural. Se requieren acciones de acciones de afirmación positiva, empujar a las instituciones a que tomen medidas y generar conciencia respecto a la necesidad de este cambio”, enfatiza la representante de la cartera de Ciencia.
La presidenta de la Academia de Ciencias es consciente de esa realidad. Ad portas de terminar su segundo período en el cargo para el que fue reelecta de manera consecutiva, asegura que tienen un fuerte compromiso potenciar a sus científicas y con lucir la excelencia femenina presente en Chile.
A pesar de que le honra el hecho de haber sido en varias oportunidades “la primera” en destacar en diversas instancias dentro del campo científico, no quiere ser la última. De cierto modo, el cerrar puertas nunca ha estado en ella, por eso abre las de la Academia para dar a conocer su historia.
Ya casi es mediodía y debe continuar con sus compromisos docentes en la Universidad de Chile. La entrevista terminó. Posa las manos sobre la mesa y se levanta para emprender su camino a la facultad. Pero un detalle en esa escena es tan efímero como potente: su rostro se eleva y recorre por el estrecho pasillo una decena de retratos de los ex presidentes de la Academia.
Todos eran hombres, a excepción de la Dra. en astrofísica María Teresa Ruiz. Pero la foto de su predecesora ya no estará sola en aquel muro, ahora son más. Esta es la historia de una imparable que hace historia, la de María Cecilia Hidalgo.